QUINCE MINUTOS EN COMPAÑÍA DE JESÚS SACRAMENTADO - Alberto Oraciones

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Alberto Oraciones

Oraciones Católicas

viernes, 9 de enero de 2026

QUINCE MINUTOS EN COMPAÑÍA DE JESÚS SACRAMENTADO

 No hace falta, hijo mío, saber demasiado para complacerme mucho; es suficiente que me ames con intensidad. Háblame, entonces, con sencillez, como lo harías con tu madre o con tu hermano. ¿Quieres presentarme alguna petición por alguien en particular? Dime su nombre, ya sea el de tus padres, el de tus hermanos o el de tus amigos; dime enseguida qué deseas que haga ahora por ellos. Pide mucho, mucho, no temas hacerlo; me agradan los corazones generosos que saben olvidarse un poco de sí mismos para atender las necesidades de los demás. Háblame así, con naturalidad y franqueza, de los pobres a quienes quisieras aliviar, de los enfermos que ves sufrir, de los extraviados que deseas conducir de nuevo al buen camino, de los amigos ausentes a quienes anhelas volver a tener cerca.

Dime por todos ellos una palabra de amigo, una palabra sincera y llena de fervor. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que brote del corazón; ¿y acaso no nace del corazón la oración que me diriges por quienes tu corazón ama de modo especial?

¿Y tú, no necesitas alguna gracia? Haz, si lo deseas, una lista de tus necesidades y ven a leerla ante mí. Dime con sinceridad lo que sientes —soberbia, apego a los placeres, amor a la comodidad; quizá egoísmo, inconstancia, descuido— y pídeme después que acuda en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que realizas para liberarte de esas miserias.

No te avergüences, pobre alma; en el cielo hay muchos justos, muchos santos eminentes, que tuvieron esos mismos defectos. Pero supieron orar con humildad y, poco a poco, se vieron libres de ellos.

No dudes tampoco en pedirme bienes espirituales y materiales: salud, memoria, éxito en tus trabajos, en tus negocios o en tus estudios; todo eso puedo concederlo, lo concedo, y deseo que me lo pidas siempre que no se oponga, sino que ayude y favorezca tu santificación. Hoy, ahora mismo, ¿qué te hace falta? ¿qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras cuánto deseo beneficiarte!

¿Tienes entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo con detalle. ¿Qué te inquieta? ¿qué pasa por tu mente? ¿qué deseas? ¿qué quieres que haga por tu hermano, por tu amigo, por tu superior? ¿qué te gustaría hacer tú mismo por ellos?

¿Y por mí? ¿No sientes deseo de mi gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a aquellos que amas mucho y que quizá viven olvidados de mí?

Dime qué es lo que hoy llama especialmente tu atención, qué anhelas con más fuerza y con qué medios cuentas para lograrlo. Dime si tu empresa fracasa, y yo te diré las causas de ese mal resultado. ¿No quisieras que me ocupara de algo en tu favor? Hijo mío, yo soy dueño de los corazones y, sin violentar su libertad, los conduzco suavemente adonde quiero.


¿Sientes tristeza o desaliento? Cuéntame, alma afligida, todas tus penas con sus detalles. ¿Quién te hirió? ¿quién lastimó tu amor propio? ¿quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón, que guarda el bálsamo capaz de sanar todas las heridas del tuyo. Cuéntame todo y pronto terminarás diciéndome que, a mi ejemplo, todo lo perdonas y todo lo olvidas, y a cambio recibirás mi bendición consoladora.

¿Tienes miedo? ¿Sientes en tu alma esas melancolías vagas que, aunque parezcan infundadas, resultan desgarradoras? Abandónate en los brazos de mi providencia. Estoy contigo; aquí me tienes a tu lado; todo lo veo, todo lo escucho, y jamás te dejo solo.

¿Notas el alejamiento de personas que antes te apreciaban y ahora, sin que les hayas dado motivo, se apartan de ti? Ora por ellas y yo las haré volver a tu lado, si no han de ser obstáculo para tu santificación.

¿No tienes también alguna alegría que compartir conmigo? ¿Por qué no hacerme partícipe de ella como a un verdadero amigo?

Cuéntame lo que desde ayer, desde la última vez que viniste a verme, ha consolado y hecho sonreír tu corazón. Tal vez has recibido una grata sorpresa, tal vez se disiparon temores oscuros, tal vez llegaron buenas noticias, una carta o una muestra de cariño; quizá superaste una dificultad o saliste de un aprieto. Todo eso es obra mía, yo te lo he concedido; ¿por qué no manifestarme tu gratitud y decirme con sencillez, como un hijo a su padre: “Gracias, Padre mío, gracias”? La gratitud atrae nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.

¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Bien sabes que leo en lo más hondo de tu corazón. A los hombres se los puede engañar con facilidad; a Dios, no. Háblame, entonces, con total sinceridad. ¿Tienes la firme decisión de no exponerte más a aquella ocasión de pecado? ¿de apartarte de aquello que te hizo daño? ¿de no leer más ese libro que excitó tu imaginación? ¿de no tratar más a esa persona que perturbó la paz de tu alma?

¿Volverás a ser amable, paciente y comprensivo con aquella otra persona a la que, por haberte fallado, has considerado hasta hoy como enemiga?

Ahora bien, hijo mío, regresa a tus ocupaciones habituales, al trabajo, a la familia, al estudio; pero no olvides estos quince minutos de grata conversación que hemos compartido aquí, los dos, en la soledad del santuario. Conserva, en cuanto te sea posible, el silencio, la modestia, el recogimiento, la resignación y la caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que también es tuya, la Virgen Santísima, y vuelve mañana con el corazón más lleno de amor y más entregado a mi servicio. En mi Corazón hallarás cada día nuevo amor, nuevos dones y nuevos consuelos.

Sugerencia: Lea todos los días los quince minutos en compañía de Jesús Sacramentado y, por favor, recomiéndelo a sus contactos en las redes sociales.



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